Ligeramente al Noroeste de San Ramón, Alajuela, Costa Rica, se anida el Río La Paz.  Manojo de aguas cristalinas que afloran de entre las entrañas de los bosques montanos e inician desde aquí su recorrido hasta el Océano Pacífico.  Su paradisiaco valle, hogar de de gran cantidad de especies que luchan por su subsistencia entre fragmentos de los bosques que otrora cubrían estas faldas de la Cordillera de Tilarán.  Pedacito de Tierra cálida y húmeda, pero, que en abrumador cambio, es bañada por espesa neblina, fría llovizna, impetuosos chubascos e implacables vientos alisios.  Fuerzas naturales que alimentan un incomparable despliegue de cientos de tonos de verde.  Y si, entre estas dos estaciones tan cambiantes hacen alarde con sus flores los amapolones, perfuman el aire los azahares y se hacen al vuelo los tan resplandecientes Quetzales en cosecha del aguacatillo, y anidan en las ramas musgosas, que flotar parecen sobre el río, los audaces e intrépidos colibries.

Fascinante es la historia de este valle que en otro momento fue tomado por nuestros abuelos, quienes dadas circunstancias y época, pudieron haber forjado en su mente la idea de que esos bosques eran su enemigo a vencer.  Definitivamente otros tiempos y más que escazas eran las opciones para ganarse el sustento y por ende todos estos asaltos al mundo natural parecían cosa justificada. Cuantas luchas aquí fueron libradas por aquellos que intentaban asegurar su existencia pero que despojaban tan irregular topografía de parte de su invaluable cobertura boscosa, ese manto que abriga y protege.  Más tarde, el gobierno compra y traslada esta finca al Instituto de Desarrollo Agrario para que toda esta tierra se subdivida en pequeñas parcelas y otorgar a familias de recursos escasos.  Aunque este gesto fue de varias formas aplaudible, la realidad es que bastante pobres e infructuosos fueron los intentos campesinos por echar a producir estas tierras.  Sabia y aplaudible fue la decisión de conservar una porción de las partes altas como reserva y fuente de agua.  Difícil imaginar que sería de este paraje sin esos bosques que por encima lo circundan.  Solo en los últimos años y apostando más bien a la tranquilidad y belleza escénica con su potencial de actividades eco-turísticas, es que se asoma la posibilidad de un nuevo balance entre las actividades humanas y la conservación del entorno natural.   

Es este nuevo concepto, que apenas si empieza a asomar, el que podría a mediano futuro permitirnos asegurar la sostenibilidad y armonía.

Mi primera incursión a este místico paraje, hace ya más de 30 años, fue un acontecimiento que marcó el curso de mi vida.  Yo, muchacho curioso, tan solo acompañaba a uno de mis amigos, quién debía recoger su ganado.  Recuerdo las quebradas que desbordaban sobre el camino y como por asalto eran tomados mis sentidos.  Los troncos de los árboles cubiertos de enredados musgos que colgaban como barbas, bromelias con forma de taza, gigantescos helechos para parecían alcanzar el cielo, y la fragancia suave de las flores que las orquídeas tiñen del más puro amarillo, blanco, y fuscia.  Las aves, esas magníficas criaturas de rápidos sobrevuelos y despliegue de agilidad y en sus cantos anuncian que este es su mundo,  su nicho.  Pero entre todas ellas, hay un pequeño colibrí, fantasmita suspendido con cabeza cobriza, capa de verde esmeralda y nieve en su pancita, que ahora puedes ver y luego no, que toma y da a las flores.  Lo miro y me parece tan frágil pero de inmediato desaparece por sobre el río que como avenida cristalina juega y vacila frente a mis ojos. 

Fue este primer momento, en el que gran parte de mi decide vivir en este mosaico de formas y colores.  Frecuentes resultaron ser mis visitas a este rincón sagrado durante los siguientes años y ya fuera para caminar a lo largo del río, observar las aves o acampar, yo siempre encontraba una excusa para reunirme con este espacio.

Ahora, recuerdo que una noche al despertar y no poder conciliar el sueño, descubrí en mis adentros una inmensa necesidad de intentar adquirir un pequeño pedazo de tierra al cual yo pudiera asirme y así afirmar mi relación espiritual con este sitio.

A la mañana siguiente, tomé el primer bus hasta el final del asfalto y redoblé mi paso sobre el camino viejo de piedras de río.  Exploré algunas parcelas que ya sabía podrían estar en venta y encontré una pequeña porción de tierra que el río atraviesa y que urgía  restauración.  Poco después, arrancamos con un proyecto de siembra de árboles nativos y generosa fue la madre tierra que prontamente impulsó nuestras semillas hasta el cielo. 

No tomó mucho tiempo percatarse que no podía, ni debía, intentar restaurar la tierra que necesitaba protección.  Por el contrario, sería más significativo y especialmente realístico si otros se unieran a esta visión.  Fue este el momento en que nació la idea de crear una organización que en adelante cumpla un muy activo papel en la conservación y restauración tanto biológica como cultural, así como en la educación ambiental.  Coincidentemente, la llegada de nuevos vecinos al valle y toda una nueva filosofía de vida en comunión con el medio natural, ha venido a impulsar nuestro deseo de consolidar todo un movimiento por salvaguardar nuestra herencia verde.  Finalmente, y después de presentar y exponer nuestras inquietudes e ideas a un grupo cercano de vecinos y líderes comunales, se crea La Fundación Para La Conservación y Restauración Bio-Cultural de Finca La Paz. La Fundación Elvira, nustra apodo, viene de una de las aves más pequeñas y emblemáticas en nuestro valle, el colibrí de cabeza cobriza (Elvira Cupreiceps).  Esta delicada pero vital ave es una de nuestras mayores fuentes de inspiración y representa la esperanza y tenacidad que debe prevalecer en todos y cada uno de los que luchamos por harmoniosa existencia con la madre tierra.

A propósito, el colibrí Elvira es endémico de Costa Rica y el valle del Rio La Paz es parte importantísima de su centro de abundancia.  Al igual que Elvira, son muchas las especias que se beneficiarían de una segura conservación y urgente restauración de los bosques nubosos de la zona.

Externamos nuestros saludos y le invitamos a ser parte de este esfuerzo por asegurar el futuro del milagro de la vida sobre el planeta.

Cordialmente,
Edwin Ramírez A.